Llegó tarde a casa, abrió la puerta y entró en un mar de silencio como no podía ser de otra forma.
Se encontraba cansado, otra agotadora jornada de trabajo, solo deseaba relajarse y desconectar. Colocó sus llaves encima de la bandeja que había en una pequeña mesa en la entrada, y a su lado la cartera, sus gafas y el encendedor Zippo que siempre llevaba encima. Era una calurosa tarde de finales de junio y estaba empapado en sudor, por lo que pensó que lo primero que necesitaba era una ducha, o quizá mejor un baño.
Abríó el grifo del baño y mientras la bañera se llenaba, se encaminó hacia el salón. Allí buscó uno de sus viejos discos de vinilo, que eligió casi al azar, le gustaba escucharlos de vez en cuando, sobre todo en esos momentos –cada vez menos- en los que podía desconectarse del mundo. Para el los discos de vinilo no eran, como para muchos puristas, el summun del sonido de la música; la verdad es que nunca le había importado eso y simplemente conservaba los vinilos no porque sonaran mejor, si no porque le evocaban recuerdos, igual que conservaba todas sus antiguas cintas de casette, tiempos mejores que estana muy lejos.
Se metió en el agua y se recostó en la bañera dejando fuera del agua solo su cabeza. El contacto con el agua tibia le adormiló un poco y cerró sus ojos.
No sabría decir a ciencia cierta cuanto tiempo había estado en la bañera, solo salió de su sopor cuando sintió una punzada de hambre en el estómago. Salió de la bañera y apenas sin secarse, pues la noche era calurosa, se puso unos pantalones cortos y una camiseta y se fue en busca de algo de comer.
Cambió el disco por otro, pues ya hacía tiempo que había saltado la aguja, mientras el microondas calentaba las sobras que había rebuscado en una nevera que estaba ya en estado de inanición y a la que quizá fuera hora de llenar otra vez. Se acercó al comedor con sus sobras y una cerveza, no solía beber otra cosa que agua con las comidas, pero con el calor pensó que una cervecita bien fria no sería mala cosa.
Una vez terminó de cenar, encendió su ordenador portatil para entretenerse ya que despues de su cuasi siesta en la bañera estaba un poco desvelado. Mientras arrancaba el ordenador, se sirvió un Whisky con hielo, y se sentó delante de la pantalla.
Ningún mensaje nuevo, solo algún mail con spam o con correos chorra que le habian mandado cualquiera de los multiples contactos que tenía. En las redes sociales tampoco había nada. Fue en esos momentos cuando se dio cuenta de lo solo que estaba.
Nunca había tenido problemas para relacionarse , era una persona de trato fácil y no le costaba entablar conversación con la gente, por su trabajo además eran muchas las personas que conocía pero en ese momento comprendió que pese a todo, no le quedaba ningún amigo. Echaba de menos el tener a alguien que le prestara apoyo cuando sus problemas retumbaban en su cabeza y le mordían el estómago en forma de úlcera.
Recordaba aquellos malos tiempos cuando todo se desmoronó a su alrededor que no tuvo siquiera un hombro donde llorar, y a quien contar lo mal que se sentía. Las personas que más próximas estaban en aquel momento eran parte interesada de sus preocupaciones y no podía contarles nada y hay determinadas cosas que no puedes contar a extraños. Todo aquello había contribuido a que acabara de la forma en la que se sentía. Dio un nuevo trago al Whisky, y se levantó en busca de un cigarro. Habitualmente no solía fumar en casa, pero en ese momento un cigarrillo era como una tabla de naúfrago que lo sostendría a flote unos minutos más. No hubiera estado mal disponer de un poco de Marihuana, aunque nunca había sido aficionado a ella en algunas ocasiones le apetecía fumarse un porrito que le hacía sentir un poco mareado, cosa que también conseguía con el alcohol pero que al día siguiente no le provocaba resaca.
Echó un nuevo vistazo a la lista de amigos de sus redes sociales, todo eran gente con la que podía charlar de cosas sin importancia, les podía llamar para salir a tomar una copa o un café, pero no para aburrirles con sus problemas de persona inestable, ni con esas penas que le producían un peso en el pecho y que le hacían sentir una especie de ahogo.
Cuando se despertó, el último disco que había puesto volvía a saltar soble el plato del giradiscos con su “shshsh” característico. Estaba acurrucado en el sofá, no sabía ni la hora que era, pero a juzgar por la oscuridad exterior y el silencio que había en la calle debía ser bastante tarde.
Se desperezó, recogió un poco el pequeño desorden que era el comedor y se fue para su dormitorio. Mañana sería otro día, había que madrugar para ir al trabajo. Un día más se vestiría, se pondría su “mascara” de sonrisa, se aguantaría las ganas de llorar y se metería en el atasco diario. El atasco en que se había convertido su vida.
martes, 12 de mayo de 2009
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