La educación que buena o mala, mucha o poca pero todavía conservo me dice que cuando eres nuevo en un lugar, lo primero que se debe hacer es presentarse y mantenerse callado y observar.
En primer lugar me presento, mi nombre es Jack Griffin, aunque como podeís imaginar no es mas que un seudónimo ya que mi nombre real es otro, aunque coincidente en las iniciales y en las desventuras con el que he elegido.
Esta será un poco de mi historia como Hombre Invisible, que no se crea de un día para otro, si no que te vas dando cuenta poco a poco que te vuelves invisíble y cristalino a los ojos de los demás.
Hay gente que nace predestinada a ser invisible, no son ni altos ni bajos, ni gordos ni flacos, no poseen enormes narices ni orejas de soplillo, sus ojos no son saltones ni de colores exoticos, sus facciones son clásicas y anodinas. Tampoco su conducta es lo que se puede calificar como llamativa, son personas poco brillantes o con poco espíritu competitivo que se conforman sin ser siempre el mejor, nada estridentes.
Con esos antecedentes, volverse invisible es casi automático, comienzas por no ser tomado en cuenta en los lugares públicos, hasta que tropiezan contigo y dicen, “huy, perdone no le había visto”, o puede ser que en un bar el camarero atienda a todos los acodados en la barra menos a ti, o la dependienta despacha sin reparar que llevas largo rato esperando. En el colegio no te preguntaban la lección (esto era una cosa buena, ya ves), y en las discotecas las chicas pasaban a tu lado como si no existieras.
Al final aprendes a sacar partido de la situación y explotas la faceta de ser invisible, pero que nadie se crea que este tipo de invisibilidad sirve para colarse en los vestuarios de las chicas, en casa de la vecina guapa, o para “distraer” pequeños objetos de los supermercados, je..je… nada más lejos de la realidad. Te mezclas entre la multitud y eres totalmente invisible, nadie te ve, nadie se fija en ti.
Hoy empiezo a ser un poco más invisible en la red, contando mis historias que me sirven de terapia para controlar los torrentes de sentimientos que a veces me invaden.
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