domingo, 24 de mayo de 2009
UNA HERMOSA MAÑANA DE PRIMAVERA
Siempre había sido el coche favorito de su padre, que había sido quien lo había comprado poco después de la prohibición, lo había descubierto en uno de sus viajes de trabajo. Había pertenecido a un empresario que lo había dejado apartado y cubierto de polvo en una de sus naves. Pagó un mínimo precio por él, casi regalado, aquello era simplemente un montón de chatarra. Cuando la prohibición entró en vigor solo se pudieron conservar aquellos vehículos más modernos que pudieron ser “reequipados” y el resto fueron condenados al achatarramiento obligatorio, solo alguna unidad destinada a museos fue conservada, el resto fueron convertidos en acero, plastico y otros elementos que se reciclaron para darles un nuevo uso.
Hacía ya 20 años de aquel día cuando su padre llegó a casa con la sonrisa pintada en la cara y con una unidad de transporte de 30 m3, lo trajo a escondidas ya que aquel tipo de maquinas había sido prohibida y su tenencia, venta o compra estaba penada por la ley, con multas y confiscación por parte del estado. Lo descargó directamente al garaje, ante la desaprobación de su madre y su atónita mirada. Los días siguientes fue un ir y venir de íntimos amigos, tan locos como su padre, que no daban crédito a lo que veían.
El coche era un Porsche 911 2.4 de 1972, era el modelo de 130 CV con carburador Zenith. Había sido una suerte que hubiera encontrado precisamente ese motor ya que era imposible conseguir gasolina y era más fácil adaptar un carburador para funcionar con sustancias sucedaneas que un sistema de inyección electrónica que podría provocar más complicaciones. Su padre le dedicó todo su tiempo libre durante meses, ayudado por amigos y buscando alguna pieza en el mercado negro, o construyéndola artesanalmente. Una vez puesto a punto mecánicamente, fue pintado en su totalidad de un color gris azulado, que su padre decía que era como el utilizado por Steve Mcqueen en la película “Le Mans” (que recordaba haber visto cuando era muy pequeño).
Recordaba como si hubiese sido ayer el día que el coche estuvo terminado y fueron a probarlo. Hubieron de salir de noche y apenas hicieron 5 km pero aquella sensación no se le olvidaría en la vida. Hasta aquel día no había recordado la sensación de circular en uno de aquellos coches movidos por motor de explosión, ya que era todavía bastante pequeño cuando la prohibición entró en vigor. También recordó como su padre le enseño a conducirlo en el aparcamiento de la casa los domingos casi de madrugada o al atardecer.
Ahora eran otros tiempos, el transporte por carretera se realizaba en módulos de transporte personal, o unidades de transporte, dependiendo si eran para transportar personas o mercancías. Un sistema de guiado parecido al Sistema De Posicionamiento Global utilizado a principios de siglo y cuya invención databa de finales del siglo XX se encargaba del desplazamiento de los módulos por las nuevas carreteras, aunque ahora ya no se basaba en satélites, si no que un sistema de seguimiento electrónico que había sido insertado en las carreteras y hacía que una vez establecido el destino, todos los módulos se desplazaran a la misma velocidad y con una seguridad impensable en la época en la que había sido construido su Porsche. Los accidentes eran cosa del pasado y simplemente ocurrían de vez en cuando y siempre motivados por fallos mecánicos o electrónicos ya que nada más había sido dejado al control humano. En aquellas carreteras antiguas en las que no estaba insertado este seguimiento electrónico una pintura especial hacía que los módulos fueran guiados de igual manera.
La noche anterior había estado trabajando en el coche, lo había limpiado, engrasado y comprobado todo su funcionamiento, había llenado el depósito con el líquido que hacía las veces de gasolina (una mezcla de bioetanol y eter). Cuando bajó a la mañana siguiente destapó la lona que lo cubría, se sentó y accionó la llave de contacto. Con un leve ronquido se puso en marcha y apreció el sonido de los 6 cilindros Boxer que emitían aquel característico golpeteo que pese que a el siempre le había parecido extraño su padre decía que sonaba como la voz de los dioses.
Por suerte para él, vivía en una zona apartada del mundo y no era habitual encontrarse con nadie en aquellas carreteras que lo rodeaban, no obstante procuraba salir al amanecer o al atardecer, con suficiente luz para no tener que encender el alumbrado para ver, y lo suficientemente oscuro para no ser visto con las luces apagadas. Solía hacer recorridos de no más de 30-40 km, por un circuito con pequeñas variaciones que le llevaban unos 20-30 minutos. Unos minutos que le hacían transportarse varias decadas en el pasado y sentirse vivo por momentos.
Aquella mañana presagiaba un día espléndido, el sol todavía no había salido pero se adivinaba su claridad entre las montañas. Salió en dirección norte, lo que significaba que circularía por una serie de curvas en subida durante unos 10 km, para después descender hacia su casa por una carretera mucho mejor con amplias curvas y trazado rápido ideal para dar rienda suelta a la caballería que propulsaba su eje trasero. Su padre había hecho un maravilloso trabajo de restauración, ya que pese a que aquel motor rendía unos escasos 130 CV para un peso de apenas 1000 kg, una ligera subida en la relación de compresión e instalación de conductos de admisión más grandes había subido a casi 180 CV, lo que para la ligereza del chasis le hacía tener unas prestaciones envidiables y que no eran alcanzadas por aquellos pesados módulos de transporte personal que ahora poblaban las carreteras. Una vez que los indicadores de temperatura llegaron a su nivel idoneo comenzó a apurar las revoluciones del motor y a enlazar las curvas en una especie de trance, como si hubiera retrocedido en el tiempo. Fue entonces cuando por el rabillo del ojo, lo vió. Era un extraño vehículo negro, pero que todo el mundo sabía a quien pertenecía, su color negro brillante como de charol y su extraña forma con la cabina redonda y los laterales bajando en diagonal hasta juntarse en su cubierta plana y picuda, decían los viejos del lugar que recordaba a unos extraños sombreros que llevaban las fuerzas de la autoridad en el siglo XX. Era un vehículo de vigilancia de la Guardia Nacional Civil de Esquadra, que se dedicaba a patrullar por las carreteras sobre todo buscando modulos de transporte modificados o vehiculos ilegales.
En un primer momento pensó que no le habían visto, pero cuando vió la brusca maniobra que realizó el vehículo, se dio cuenta que debería escapar. Inmediatamente cambió a una marcha inferior para ganar aceleración y pisó a fondo el acelerador, el rugido del motor se hizo más bronco y notó como se pegaba más al asiento. El vehículo perseguidor a su vez aceleró pero era mucho más pesado, aunque no más lento y pareció quedarse atrás por momentos. La persecución duró varios kilómetros de buena carretera, pero en cuanto pudo se volvió a incorporar a las estrechas carreteras, con pequeñas curvas y en subida, que eran su terreno favorito. El vehículo de la autoridad, le seguía de cerca, probablemente su conductor fuese en modo manual y seguro que era un experto, ya que aquellos vehiculos extraños eran muy difíciles de controlar con sus pequeñas ruedas y su gran peso y dimensiones. Fue entonces cuando ocurrió, la humedad de la carretera le hizo casi perder el control del coche en una de las curvas pero gracias a la maniobrabilidad y al poco peso, logró hacerse con el control y seguir adelante, pero su perseguidor lastrado por su gran peso y su poca maniobrabilidad no lo consiguió y después de chocar contra un árbol, y volcar se deslizó ladera abajo con gran estruendo. No se paró a comprobar nada, si no que siguió huyendo como alma que lleva el diablo hasta que llegó de nuevo a la seguridad de su casa. Guardó de nuevo el Porsche en el garaje, lo cubrió con su lona protectora y subió a casa para tomar el desayuno junto a su mujer y sus hijos. Sin mencionar ni una palabra del incidente, ya solo pensaba en la próxima vez que pudiera volver a conducir su coche.
Debían haber sido divertidos aquellos tiempos en los que se podían conducir esos coches movidos por gasolina por carreteras sin automatizar y sin la persecución de las autoridades.
martes, 12 de mayo de 2009
SOLO ENTRE LA MULTITUD
Se encontraba cansado, otra agotadora jornada de trabajo, solo deseaba relajarse y desconectar. Colocó sus llaves encima de la bandeja que había en una pequeña mesa en la entrada, y a su lado la cartera, sus gafas y el encendedor Zippo que siempre llevaba encima. Era una calurosa tarde de finales de junio y estaba empapado en sudor, por lo que pensó que lo primero que necesitaba era una ducha, o quizá mejor un baño.
Abríó el grifo del baño y mientras la bañera se llenaba, se encaminó hacia el salón. Allí buscó uno de sus viejos discos de vinilo, que eligió casi al azar, le gustaba escucharlos de vez en cuando, sobre todo en esos momentos –cada vez menos- en los que podía desconectarse del mundo. Para el los discos de vinilo no eran, como para muchos puristas, el summun del sonido de la música; la verdad es que nunca le había importado eso y simplemente conservaba los vinilos no porque sonaran mejor, si no porque le evocaban recuerdos, igual que conservaba todas sus antiguas cintas de casette, tiempos mejores que estana muy lejos.
Se metió en el agua y se recostó en la bañera dejando fuera del agua solo su cabeza. El contacto con el agua tibia le adormiló un poco y cerró sus ojos.
No sabría decir a ciencia cierta cuanto tiempo había estado en la bañera, solo salió de su sopor cuando sintió una punzada de hambre en el estómago. Salió de la bañera y apenas sin secarse, pues la noche era calurosa, se puso unos pantalones cortos y una camiseta y se fue en busca de algo de comer.
Cambió el disco por otro, pues ya hacía tiempo que había saltado la aguja, mientras el microondas calentaba las sobras que había rebuscado en una nevera que estaba ya en estado de inanición y a la que quizá fuera hora de llenar otra vez. Se acercó al comedor con sus sobras y una cerveza, no solía beber otra cosa que agua con las comidas, pero con el calor pensó que una cervecita bien fria no sería mala cosa.
Una vez terminó de cenar, encendió su ordenador portatil para entretenerse ya que despues de su cuasi siesta en la bañera estaba un poco desvelado. Mientras arrancaba el ordenador, se sirvió un Whisky con hielo, y se sentó delante de la pantalla.
Ningún mensaje nuevo, solo algún mail con spam o con correos chorra que le habian mandado cualquiera de los multiples contactos que tenía. En las redes sociales tampoco había nada. Fue en esos momentos cuando se dio cuenta de lo solo que estaba.
Nunca había tenido problemas para relacionarse , era una persona de trato fácil y no le costaba entablar conversación con la gente, por su trabajo además eran muchas las personas que conocía pero en ese momento comprendió que pese a todo, no le quedaba ningún amigo. Echaba de menos el tener a alguien que le prestara apoyo cuando sus problemas retumbaban en su cabeza y le mordían el estómago en forma de úlcera.
Recordaba aquellos malos tiempos cuando todo se desmoronó a su alrededor que no tuvo siquiera un hombro donde llorar, y a quien contar lo mal que se sentía. Las personas que más próximas estaban en aquel momento eran parte interesada de sus preocupaciones y no podía contarles nada y hay determinadas cosas que no puedes contar a extraños. Todo aquello había contribuido a que acabara de la forma en la que se sentía. Dio un nuevo trago al Whisky, y se levantó en busca de un cigarro. Habitualmente no solía fumar en casa, pero en ese momento un cigarrillo era como una tabla de naúfrago que lo sostendría a flote unos minutos más. No hubiera estado mal disponer de un poco de Marihuana, aunque nunca había sido aficionado a ella en algunas ocasiones le apetecía fumarse un porrito que le hacía sentir un poco mareado, cosa que también conseguía con el alcohol pero que al día siguiente no le provocaba resaca.
Echó un nuevo vistazo a la lista de amigos de sus redes sociales, todo eran gente con la que podía charlar de cosas sin importancia, les podía llamar para salir a tomar una copa o un café, pero no para aburrirles con sus problemas de persona inestable, ni con esas penas que le producían un peso en el pecho y que le hacían sentir una especie de ahogo.
Cuando se despertó, el último disco que había puesto volvía a saltar soble el plato del giradiscos con su “shshsh” característico. Estaba acurrucado en el sofá, no sabía ni la hora que era, pero a juzgar por la oscuridad exterior y el silencio que había en la calle debía ser bastante tarde.
Se desperezó, recogió un poco el pequeño desorden que era el comedor y se fue para su dormitorio. Mañana sería otro día, había que madrugar para ir al trabajo. Un día más se vestiría, se pondría su “mascara” de sonrisa, se aguantaría las ganas de llorar y se metería en el atasco diario. El atasco en que se había convertido su vida.
miércoles, 6 de mayo de 2009
martes, 5 de mayo de 2009
DE CÓMO ME CONVERTÍ EN INVISIBLE…
La educación que buena o mala, mucha o poca pero todavía conservo me dice que cuando eres nuevo en un lugar, lo primero que se debe hacer es presentarse y mantenerse callado y observar.
En primer lugar me presento, mi nombre es Jack Griffin, aunque como podeís imaginar no es mas que un seudónimo ya que mi nombre real es otro, aunque coincidente en las iniciales y en las desventuras con el que he elegido.
Esta será un poco de mi historia como Hombre Invisible, que no se crea de un día para otro, si no que te vas dando cuenta poco a poco que te vuelves invisíble y cristalino a los ojos de los demás.
Hay gente que nace predestinada a ser invisible, no son ni altos ni bajos, ni gordos ni flacos, no poseen enormes narices ni orejas de soplillo, sus ojos no son saltones ni de colores exoticos, sus facciones son clásicas y anodinas. Tampoco su conducta es lo que se puede calificar como llamativa, son personas poco brillantes o con poco espíritu competitivo que se conforman sin ser siempre el mejor, nada estridentes.
Con esos antecedentes, volverse invisible es casi automático, comienzas por no ser tomado en cuenta en los lugares públicos, hasta que tropiezan contigo y dicen, “huy, perdone no le había visto”, o puede ser que en un bar el camarero atienda a todos los acodados en la barra menos a ti, o la dependienta despacha sin reparar que llevas largo rato esperando. En el colegio no te preguntaban la lección (esto era una cosa buena, ya ves), y en las discotecas las chicas pasaban a tu lado como si no existieras.
Al final aprendes a sacar partido de la situación y explotas la faceta de ser invisible, pero que nadie se crea que este tipo de invisibilidad sirve para colarse en los vestuarios de las chicas, en casa de la vecina guapa, o para “distraer” pequeños objetos de los supermercados, je..je… nada más lejos de la realidad. Te mezclas entre la multitud y eres totalmente invisible, nadie te ve, nadie se fija en ti.
Hoy empiezo a ser un poco más invisible en la red, contando mis historias que me sirven de terapia para controlar los torrentes de sentimientos que a veces me invaden.