miércoles, 7 de febrero de 2018
UNA FOTO EN BLANCO Y NEGRO...
- I-
Se lo había pedido su sobrina que necesitaba aquel libro para un trabajo de clase. Un tal Gustavo Adolfo Becquer lo había escrito hacia ya siglo y medio, buscó entre los lomos ajados y vió “Rimas y Leyendas” semiborrado por el uso y el tiempo. Allí estaba en lo alto de la una estantería del desván, estaba cubierto de polvo, debía hacer unos quince años que nadie lo tocaba. Se subió a un taburete, y aun así no lo alcanzaba, se estiró un poco más y ya casi lo tocaba con la punta de los dedos, a punto estuvo de perder el equilibrio intentándolo, pero antes de que acabara en el suelo con algún hueso roto, arrastró el libro que cayó al suelo abriéndose por la mitad. Cuando se bajó del taburete y se dispuso a recogerlo vio que de dentro se había caído algo, era una fotografía en blanco y negro.
Desde el suelo, en la fotografía, un chico con el pelo largo y una burlona sonrisa la miraba .
“Vaya, parece que el libro encerraba algo dentro después de todo!” Todos los libros guardan una historia, pero si además se utiliza una fotografía como marcapáginas, la historia puede llegar a ser doble. Hacía unos dieciseis años que había tomado la fotografía, pese a ser en blanco y negro de pronto recordó con exactitud todos los detalles como si hubiera sido ayer mismo, era finales del invierno o principios de primavera, un día soleado y fresco habían estado paseando y ella divertida le había hecho la foto. Incluso recordó como la revelaron los dos en el cuarto oscuro de la Universidad y como cada uno guardó una copia, e instintivamente volteó la fotografía y comenzó a leer.
“Si existiese una máquina para parar el tiempo, sin duda sería parecida a una cámara fotográfica, capaz de congelar los momentos en una fotografía, y cada vez que la miras vuelves a sentir lo mismo aunque hayan pasado cientos de años. Yo ahora soy feliz, y lo seré siempre que mires esta foto”
Sonrío, y comenzó a recordar a aquel chico que conoció en su primer año de Universidad. “Vaya tío engreido y chulito”- pensó la primera vez que le vió hacer el gallito delante de sus amigos, pero en el fondo le pareció “mono” aunque no era lo que ella había venido a buscar, en realidad no había venido a buscar nada, simplemente a estudiar, en su casa habían hecho un gran esfuerzo y ella debía corresponderles, no estaba el tema para perder el tiempo.
- II -
Donde todo empieza...
Había transcurrido más de un mes desde que lo había visto por primera vez y apenas habían cruzado cinco palabras, pero le veía todos los días en el comedor de juerga con sus amigos, se dio cuenta que la primera impresión que se había llevado de él no estaba alejada de la realidad , siempre estaba “revoloteando” alrededor de alguna chica , cuando no estaba borracho con sus amigotes, una “joya” de chico. Pero por alguna extraña razón no podía dejar de pensar en él, “nada importante” pensó en aquel momento.
Unos días más tarde el chico comenzó a ser más amable y comunicativo con ella, la saludaba en el comedor, un día incluso la acompañó a clase charlando de cosas insustanciales y otra cosas así. Ya no parecía tan “golfo”, e incluso le parecía un buen chico, en ese momento todavía no se había dado cuenta pero había comenzado a enamorarse, cosa que nunca quiso admitir.
En el comedor había unos casilleros donde la gente guardaba sus libros y pertenencias durante la comida. Un día al ir a recoger las suyas se encontró una carta “anonima”, se dispuso a leerla y casi le da un pasmo, era de él. La leyó de principio a fin de un tirón, no se podía creer lo que leía, es más no se lo quería creer, seguro que era una broma urdida entre el “golfo” y sus amigotes para reirse de ella. Se guardó la carta y no le hizo el menor caso.
Como suele ser costumbre en la Universidad, las fiestas forman una parte mas de la “educación” que reciben los jóvenes, y aunque ella no era muy amiga de fiestas, sus amigas la convencieron para salir aquella noche.
Fue una encerrona al más puro estilo barriobajero, sus amigas la llevaron a la fiesta y claro, allí estaba él, que nada más llegar se fue rápidamente hacia ella ofreciéndole una copa y conversación. Tiempo después, sabría que gracias a sus confidencias con sus amigas, el típico “me gusta este chico....este chico me parece guapete…etc” y que él había también hablado con ellas, lo habían organizado todo para que esa noche pudieran conocerse un poco más.
Estuvo mucho rato hablando con él, y cada vez se confirmaban más sus sospechas de que en el fondo era un buen chico, una de dos, o no era tan “delincuente” como parecía o era un mentiroso de tomo y lomo. En ese momento su desconfianza le hizo decantarse por la segunda opción, que era la que la hacía sentirse más segura y la que le parecía menos arriesgada para no terminar con el corazón roto y con un buen disgusto. Así que esa noche, apenas le hizo caso y le estuvo dando respuestas evasivas. Al rato ella se tuvo que ir y él se quedó con sus amigos.
Al día siguiente no podía salir de su asombro cuando le vió entrar en la cafetería abrazado a otra chica. Vaya sinvergüenza, todo lo que le había dicho la noche anterior era mentira, en el fondo había hecho bien en no hacerle caso. Desgraciadamente, ya había algo en aquel chico que le había llegado, y no era capaz de dejar de pensar en el, aunque en ese momento para nada bueno. Cuando lo vió entrar en la cafetería con aquel “putón verbenero” le hubiera arrancado los ojos. Se marchó a casa y estuvo llorando un buen rato.
A los pocos días, él comenzó de nuevo su “acoso y derribo” pero ella se mostraba totalmente indiferente, a sus palabras y tonterías, no quería estar al lado de un chico como ese, por mucho que le gustara.
- III-
Wild horses could`t drag me away....
Pero un día, sucedió algo que le hizo cambiar de opinión sobre él. Era un día soleado y con una temperatura agradable, y en una zona de la universidad donde había unos bancos en la que solían sentarse en los descansos de las clases, le vió sentado solo y con un libro entre las manos, no se lo podía creer. Nunca hubiera pensado que un especimen de Neanderthal como aquel supiera leer, y mucho menos cuando se acercó y vió que el libro que tenía entre las manos era nada más y nada menos que “Rimas y Leyendas” de Becquer, y parecía que incluso lo tenía del “derecho” y el movimiento de sus ojos y su cabeza hacían pensar en que lo estaba leyendo de verdad. Se acercó y se sentó a su lado y el con esa sonrisa de picaruelo, la saludó con una de sus frases “escogidas” – “Buenas Tardes pequeña” le dijo poniendo voz de galán de Hollywood, y ella no pudo menos que soltar una carcajada.
-“Que estás leyendo?” le preguntó.
-“El monte de las ánimas”.. “la conoces?”
-“Si… pero no pensé que tu si la conocieras… se me hace raro verte leyendo algo que no sea el Marca o el Playboy” dijo burlona
-“Hay muchas cosas que no sabes de mi…y parece además que no tienes mucho interés en conocerlas”
-“Te invito a un café… y si quieres te las cuento”
Ella se quedó pensativa, por una parte le apetecía descubrir cosas, pero por otra su sentido de la responsabilidad no le dejaba perderse una clase que tenía en unos diez minutos.
-“No puedo, tengo clase… yo soy de las que no les gusta hacer pellas…no como a otros”
-“ Bueno….yo no tenía pensado ir a más clases…así que te espero cuando salgas y vamos”
La había pillado. No había escapatoria y en el fondo a ella le apetecía así que le dijo
-“En una hora salgo… No falles”
-“Wild Horses, couldn’t drag me away” le contestó….
Ella le miró con los ojos como platos y le dijo
-“Que me has dicho?”
-“Digo que ni siquiera una manada de Caballos Salvajes podrían arrastrarme de tu lado”... y se echó a reir.
Se fue a clase, aunque no se enteró de mucho, estaba más pendiente de la hora que de las explicaciones del profesor.
A la salida allí estaba él con una gran sonrisa esperándola, y se fueron a tomar café y cuando se quisieron dar cuenta era casi la hora de la cena, habían estado toda la tarde charlando, contándose su vida.
Unos dos o tres cafés más y ya era casi un “noviazgo” oficial.
-IV-
ya no me acuerdo....
Pasó el otoño y llegó el invierno, cada vez se daba mas cuenta de la diferencia que existía entre conocer a una persona de verdad, o ver solo la imagen que proyecta ante la sociedad, en muchos casos es totalmente distinta tanto para bien como para mal.
Su imagen exterior era solo una “pose”, en el fondo era un muchacho solitario y melancólico, le gustaba leer poesia, escuchar música, y hablar; siempre tenía la palabra justa en el momento exacto. Tanto para hacer reir como para hacer llorar, daba igual, podía pasar de ser una persona extremadamente graciosa y ocurrente a ser hiriente y mordaz a poco que se lo propusiera, lo peor es que a veces lo hacía sin querer y ese era unos de sus defectos, otro de ellos es que era un poquito egoista y caprichoso, pero ¿quien no lo es?, y menos cuando estás enamorado.
Aquella primavera fue perfecta, fue la época en la que se tomó la fotografía, y quizá fue cuando más enamorada estuvo de él, incluso esto le hizo descuidar un poquito sus estudios. Fueron días de risas y amor, incluso bueno…pues ya me entendeis no?
Fue entonces cuando él le regaló aquel libro de Becquer, y le contó su pequeña historia.
Este libro perteneció a la biblioteca del colegio donde había estudiado EGB, y podíamos decir que había sido “distraido” de la custodia de la bibliotecaria. Se lo había llevado a casa como préstamo y lo había extraviado, pasó el tiempo y nadie lo reclamó y el no recordó devolverlo, unos meses o quizá más de un año más tarde apareció por algun rincón de su casa, y en el fondo como le dio vergüenza devolverlo y hasta ese momento parecía que nadie lo había echado de menos optó por quedárselo. Ni mucho menos se sentía orgulloso de su hazaña y en ese momento pensó que regalándoselo al menos se deshacïa del “cuerpo del delito”, y por una buena causa.
Ella rió a carcajadas al saber de la historia del libro, y prometió que lo cuidaría y no olvidaría de donde procedía.
Así como quien no quiere la cosa, llegó el verano y hubieron de marcharse a sus respectivas casas. Y aunque se prometieron amor eterno y todo eso, entre casi adolescentes el amor no suele ser “para toda la vida” , por unas u otras circunstancias después del verano ya se habían separado.
Ahora volvía a tener aquel libro que él le había regalado entre las manos, lo abrió por el principio de “El Monte de las Animas”…y comenzó a leer “La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.”… a punto estuvo de resbalar una lágrima por sus mejillas y se quedó pensando que habría sido de ese chico de pelo largo y sonrisa burlona. Hacía unos quince años que no había vuelto a saber de él, desde que se habían dicho adios apenas había pensado en el y se preguntó si habría alcanzado aquellos sueños que le contaba mientras estaban abrazados en la penumbra de su habitación. Y se preguntó que había hecho con su propia vida, ninguno de los planes que había compartido con él se había convertido en realidad, le habría pasado a él lo mismo?
De pronto recordó la promesa que le había hecho, y cuando bajó del desván con el libro polvoriento en la mano, se lo dio a su sobrina.
“Toma te lo regalo”….
Pensó que era lo mejor que podía hacer con un libro “de préstamo”, y le contó la historia del libro y de donde procedía.
Acto seguido se guardó la fotografía en el bolsillo de la chaqueta. Sin saber porque se fue a pasear bajo la fina lluvia que caía en la calle, sin paraguas, como a él le gustaba hacer cuando se sentía melancólico.
FIN….
martes, 12 de diciembre de 2017
WONDERFUL TONIGHT (rescatado)
Apareció en la oficina una mañana de verano.
No era la primera vez que la veía, había coincidido con ella varias veces antes por motivos de trabajo y ya se había fijado en ella. Sin embargo aquel día era algo especial, ya que venía para quedarse. Poco podría decir más de ella, su pelo negro, sus grandes ojos verdes y esa sonrisa que podría volver loco a cualquiera y, aunque esté mal decirlo, un cuerpo que te hace soñar. Todo esto es lo que vería cualquiera que no estuviera ciego, pero había algo más, la chica era dulce, agradable y buena amiga, y pese a que la atracción física por ella era facil de entender, era la atracción emocional lo que más le perturbaba.
Desde el primer día habían encajado como piezas de un puzle, siempre coincidían charlando, riéndose juntos en la máquina del cafe, en la entrada o la salida del trabajo camino del aparcamiento. Nunca pensó que pudiera pasarle, pero hubo varios momentos en los que estuvo ¿enamorado? de ella. A veces se sentía como un colegial y las mariposas del estómago aparecían como cuando tenía 15 años, apenas podía dejar de pensar en ella, cuando coincidían en turnos su día se alegraba como si el sol no se fuese a apagar nunca, cuando estaban juntos se sentía tan bien que nada más importaba, ¿era amor? ¿quien podría decirlo?, pero la sensación era muy parecida.
Con respecto a ella, pues no estaba seguro si los sentimientos eran los mismos, estaba claro que había amistad, incluso se podría decir que muy buena amistad, una complicidad muy grande y ¿algo más?.
Con todos estos ingredientes se podría pensar que en cualquier momento podría surgir la “chispa” que incendiara todo, pero nada más alejado de la realidad. Existían muchos algunos condicionantes que hacían que todo aquello no pudiera pasar más allá de una ilusión. El primero y más fuerte era el que se definía con el conocido refrán “Donde tengas la olla…”, y es que de todos es sabido que mezclar el trabajo con las relaciones personales nunca llega a buen fin, y por otra parte la situación personal y la diferencia de edad entre ambos dificultaba el avance de aquella relación a algo más que una amistad.
Todo esto que parece muy bonito sobre el papel, le provocaba un gran desasosiego una parte de él luchaba por la “racionalidad” y se esforzaba por convencerse de que no debería dejarse llevar por los sentimientos. Pero a ratos le invadía el hechizo que ella ejercía sobre él y no era capaz de sujetar sus emociones.
Así fueron pasando los meses, años y con altibajos no era capaz de liberarse de aquella atracción. Intentaba evitar pensar en ello pero a veces era más fuerte y le atrapaba por completo.
Por eso cuando por motivos de trabajo tuvieron que viajar a otra ciudad se propuso no hacer ninguna tontería, pero eso solo sirvió para parecer frio y distante, cosa que incluso no hacía más que empeorar la situación.
Aquella noche, después de trabajar se fueron a cenar con varios compañeros, alguna vez ya habían coincidido en situaciones similares y la presión que soportaba en esos momentos se hacía insufrible, así que optó por aguantar las situación lo mejor que supiese.
La esperó en el hall del hotel y cuando apareció, estaba simplemente perfecta, su pelo negro brillaba con unos reflejos azulados que harían palidecer al más brillante de los zafiros, su vestido ni muy serio ni muy atrevido hacía que todas las cabezas se volvieran al pasar y cuando llegó a su lado le dedicó una sonrisa que podía haberle convertido en una estatua de sal y ni siquiera se hubiese dado cuenta. le tendió el brazo y le dijo “vámonos, que la noche se hace corta”, no dijo nada simplemente la siguió.
No se si fue el vino de la cena, las copas de después o simplemente la química pero esa noche lo pasaron realmente bien, rieron, jugaron; todo lo que dos amigos que salen de copas pueden hacer en una noche. Pero cada vez que le rozaba, cada vez que se reían abrazados, sujetándose el uno al otro intentando resistir a la fuerza de la gravedad y a los efectos del alcohol, él se sentía morir por dentro. Cada vez que sus cabezas se juntaban bailando debía resistir una fuerza de atracción de infinitos G’s para no intentar darle un beso, pero ¿Cuánto tiempo podía resistir? El cansancio de la noche y el alcohol ingerido hacían que su férrea voluntad se debilitase a cada momento, ¿Cuánto tiempo podría aguantar con la lucidez necesaria para no sucumbir ?.
Sus otros compañeros hacia rato que se habían retirado, cuando emprendieron el regreso al hotel, iban abrazados, más por sujetarse ambos para no caerse de la borrachera que por otra cosa, pero su mente pese a estar bastante borracho, procesaba ideas a una velocidad vertiginosa. ¿Qué haría al llegar a la habitación? ¿Qué le diría? , todo ello pasaba por su cerebro como relámpagos en una noche de tormenta, los pensamientos se sucedían uno tras otro sin dar tregua.
Cuando entraron en el ascensor, él recordó una canción de Burning, y empezó a cantarla -
-“Suuubimos eeen el Asssscensor…..su pelo negro sensual….y chanel….ellaaa se despidióoo en el seeeis y su perfuume allí quedo….yo con eeeeel”
Ella se empezó a reir, y le preguntó que que diablos era aquello, y él le dijo:
-los Burning, niña, nada más ni nada menos. Y se rió a carcajadas.
Salieron del ascensor y comenzaron (o al menos intentaron hacerlo dignamente) a caminar por el pasillo hacia las habitaciones, la suya era la primera.
Se paró en la puerta, y antes de que pudiera decir nada, le dio un beso en la mejilla y le dijo:
-“me lo he pasado muy bien…me voy a dormir”.
El se quedó apoyado en la puerta de la habitación sin poder articular una palabra, mientras la veía caminar por el pasillo como una supermodelo camina por la pasarela. Sintió deseos de gritar:
- “Ven, quédate esta noche conmigo”
pero sabía que no debía, la observó caminar hasta entró en su habitación, con la esperanza en que girara sobre sus pasos y volviese a donde el estaba, pero ni siquiera giró la cabeza. Eso solo sucede en los sueños y en las películas, en la vida real todo es más simple y menos espectacular.
Abrió la puerta de la habitación y se metió dentro, mientras un puñado de lágrimas amargas corrían por su garganta, incluso un par de ellas se deslizaron por sus mejillas. En ese momento el mareo del alcohol se había convertido en una pesada losa y se sentía realmente mal, corrió al baño y vomitó mientras lloraba, después se dio una ducha y se tumbó sobre la cama.
Cuando despertó (.. el dinosaurio ya se había ido… ja..ja...), se dio cuenta que no había sido nada más que un sueño, seguía en su cama solo como casi siempre. Se levantó se preparó el desayuno mientras sonaba en la radio “Wonderful Tonight”... verdaderamente lo había sido, salvo por la resaca.
lunes, 11 de diciembre de 2017
NO ES PLACER ES NECESIDAD...
Todas las canciones tristes hablan de lluvia, de días grises, de hojas que caen, amores que se pierden entre la fría tarde.
La oscuridad le gana la partida a la luz, los atardeceres duran una eternidad y las mañanas nunca llegan....
Así empezaba una historia que quedó en el "olvido" de un borrador de un blog que comencé alla por 2009,(en realidad venía de otro que comencé en 2007 y que se perdió en los abismos de la red), la verdad es que no se como terminarla, ya que el borrador no dice nada más, es posible que fuese otra de esas divagaciones melancólicas que tanto me gustan cuando estoy triste por algo, quien sabe; pero hoy pese a que llueve, es lluvia que limpia los cielos, arrastra la suciedad y llena de vida los acuíferos vacios tras una larga sequía. No es triste la lluvia esperada, se convierte en bálsamo para los resecos entresijos de la vida, refresca los pensamientos y da vida a las yermas tierras de la memoria.
Hoy día lluvioso otra vez es muy diferente y renace el blog de aquel hombre invisible y melancólico que fue "asesinado" un día hace unos años ya.
Las historias, de momento, serán algunas de las recuperadas del antiguo blog que se perdió en el tiempo y que todavía se guardan en las cibernéticas tripas de algun ordenador polvoriento. No prometo nada, pero espero tener tiempo y motivos para volver a escribir aquellas cosas que salían de unas teclas mojadas de lágrimas a veces, golpeadas con rabia otras y la mayoría cuando unos dedos tristes juntaban letras para expresar sentimientos que de otra manera serían complicados de expresar.
Como dice Adolfo Cabrales, "no es placer, es necesidad, es viento, es lluvia, es fuego. Derramar todos mis secretos"...
viernes, 5 de octubre de 2012
BACKFLASH
No recuerdo nada de lo que hice el día que maté al "hombre invisible", ni siquiera recuerdo que día fue.
Un día te levantas y sin darte cuenta todo ha cambiado a tu alrededor, aunque todo sigue siendo lo mismo. A veces no lo notas, sucede tan rápido que tu mente no es capaz de asimilar los cambios y te parece que lo que vives ese día es totalmente igual a lo que viviste el día anterior, pero no lo es.
Un día de esos, fue el día en el que maté al "hombre invisible". Me vi en la obligación de asumir yo mismo su identidad para que nadie notase su desaparición. No me resultó dificil, yo ya sabía todo lo que había que saber sobre él, me había puesto sus zapatos, vestido su ropa e incluso llevado su sombrero tanto tiempo; que incluso a veces pensaba que era él mismo. Suplantar a un "hombre invisible" es fácil, consiste en no dejarse ver demasiado (o nada) y para mi eso siempre ha sido sencillo.
Me resulta mucho más complicado suplantar a ese "hombre invisible" que tecleaba en su ordenador de manera compulsiva, escupiendo aquellos relatos. Esa era su vida, y yo se la había arrebatado.
Ahora me he puesto las vendas que llevaba el día que lo maté, y he sentido una sensación extraña, he vuelto a abrir su blog y estoy intentando escribir como él lo hacía, no se si podré, mis sentimientos no son los mismos que los suyos.
Lo intentaré poniéndome su sombrero otra vez, no se si será en un futuro cercano o lejano, pero lo intentaré de nuevo.
domingo, 24 de mayo de 2009
UNA HERMOSA MAÑANA DE PRIMAVERA
Todavía estaba amaneciendo cuando entró en el garaje. Retiró la lona que lo cubría y allí estaba mirándole con aquellos ojos saltones, como una rana. Era algo que siempre le había llamado la atención de aquel coche, sus saltones faros un diseño que apenas había permanecido invariable en casi 60 años, desde la primera vez que salió de la linea de montaje hasta las últimas unidades allá por el año 2020.
Siempre había sido el coche favorito de su padre, que había sido quien lo había comprado poco después de la prohibición, lo había descubierto en uno de sus viajes de trabajo. Había pertenecido a un empresario que lo había dejado apartado y cubierto de polvo en una de sus naves. Pagó un mínimo precio por él, casi regalado, aquello era simplemente un montón de chatarra. Cuando la prohibición entró en vigor solo se pudieron conservar aquellos vehículos más modernos que pudieron ser “reequipados” y el resto fueron condenados al achatarramiento obligatorio, solo alguna unidad destinada a museos fue conservada, el resto fueron convertidos en acero, plastico y otros elementos que se reciclaron para darles un nuevo uso.
Hacía ya 20 años de aquel día cuando su padre llegó a casa con la sonrisa pintada en la cara y con una unidad de transporte de 30 m3, lo trajo a escondidas ya que aquel tipo de maquinas había sido prohibida y su tenencia, venta o compra estaba penada por la ley, con multas y confiscación por parte del estado. Lo descargó directamente al garaje, ante la desaprobación de su madre y su atónita mirada. Los días siguientes fue un ir y venir de íntimos amigos, tan locos como su padre, que no daban crédito a lo que veían.
El coche era un Porsche 911 2.4 de 1972, era el modelo de 130 CV con carburador Zenith. Había sido una suerte que hubiera encontrado precisamente ese motor ya que era imposible conseguir gasolina y era más fácil adaptar un carburador para funcionar con sustancias sucedaneas que un sistema de inyección electrónica que podría provocar más complicaciones. Su padre le dedicó todo su tiempo libre durante meses, ayudado por amigos y buscando alguna pieza en el mercado negro, o construyéndola artesanalmente. Una vez puesto a punto mecánicamente, fue pintado en su totalidad de un color gris azulado, que su padre decía que era como el utilizado por Steve Mcqueen en la película “Le Mans” (que recordaba haber visto cuando era muy pequeño).
Recordaba como si hubiese sido ayer el día que el coche estuvo terminado y fueron a probarlo. Hubieron de salir de noche y apenas hicieron 5 km pero aquella sensación no se le olvidaría en la vida. Hasta aquel día no había recordado la sensación de circular en uno de aquellos coches movidos por motor de explosión, ya que era todavía bastante pequeño cuando la prohibición entró en vigor. También recordó como su padre le enseño a conducirlo en el aparcamiento de la casa los domingos casi de madrugada o al atardecer.
Ahora eran otros tiempos, el transporte por carretera se realizaba en módulos de transporte personal, o unidades de transporte, dependiendo si eran para transportar personas o mercancías. Un sistema de guiado parecido al Sistema De Posicionamiento Global utilizado a principios de siglo y cuya invención databa de finales del siglo XX se encargaba del desplazamiento de los módulos por las nuevas carreteras, aunque ahora ya no se basaba en satélites, si no que un sistema de seguimiento electrónico que había sido insertado en las carreteras y hacía que una vez establecido el destino, todos los módulos se desplazaran a la misma velocidad y con una seguridad impensable en la época en la que había sido construido su Porsche. Los accidentes eran cosa del pasado y simplemente ocurrían de vez en cuando y siempre motivados por fallos mecánicos o electrónicos ya que nada más había sido dejado al control humano. En aquellas carreteras antiguas en las que no estaba insertado este seguimiento electrónico una pintura especial hacía que los módulos fueran guiados de igual manera.
La noche anterior había estado trabajando en el coche, lo había limpiado, engrasado y comprobado todo su funcionamiento, había llenado el depósito con el líquido que hacía las veces de gasolina (una mezcla de bioetanol y eter). Cuando bajó a la mañana siguiente destapó la lona que lo cubría, se sentó y accionó la llave de contacto. Con un leve ronquido se puso en marcha y apreció el sonido de los 6 cilindros Boxer que emitían aquel característico golpeteo que pese que a el siempre le había parecido extraño su padre decía que sonaba como la voz de los dioses.
Por suerte para él, vivía en una zona apartada del mundo y no era habitual encontrarse con nadie en aquellas carreteras que lo rodeaban, no obstante procuraba salir al amanecer o al atardecer, con suficiente luz para no tener que encender el alumbrado para ver, y lo suficientemente oscuro para no ser visto con las luces apagadas. Solía hacer recorridos de no más de 30-40 km, por un circuito con pequeñas variaciones que le llevaban unos 20-30 minutos. Unos minutos que le hacían transportarse varias decadas en el pasado y sentirse vivo por momentos.
Aquella mañana presagiaba un día espléndido, el sol todavía no había salido pero se adivinaba su claridad entre las montañas. Salió en dirección norte, lo que significaba que circularía por una serie de curvas en subida durante unos 10 km, para después descender hacia su casa por una carretera mucho mejor con amplias curvas y trazado rápido ideal para dar rienda suelta a la caballería que propulsaba su eje trasero. Su padre había hecho un maravilloso trabajo de restauración, ya que pese a que aquel motor rendía unos escasos 130 CV para un peso de apenas 1000 kg, una ligera subida en la relación de compresión e instalación de conductos de admisión más grandes había subido a casi 180 CV, lo que para la ligereza del chasis le hacía tener unas prestaciones envidiables y que no eran alcanzadas por aquellos pesados módulos de transporte personal que ahora poblaban las carreteras. Una vez que los indicadores de temperatura llegaron a su nivel idoneo comenzó a apurar las revoluciones del motor y a enlazar las curvas en una especie de trance, como si hubiera retrocedido en el tiempo. Fue entonces cuando por el rabillo del ojo, lo vió. Era un extraño vehículo negro, pero que todo el mundo sabía a quien pertenecía, su color negro brillante como de charol y su extraña forma con la cabina redonda y los laterales bajando en diagonal hasta juntarse en su cubierta plana y picuda, decían los viejos del lugar que recordaba a unos extraños sombreros que llevaban las fuerzas de la autoridad en el siglo XX. Era un vehículo de vigilancia de la Guardia Nacional Civil de Esquadra, que se dedicaba a patrullar por las carreteras sobre todo buscando modulos de transporte modificados o vehiculos ilegales.
En un primer momento pensó que no le habían visto, pero cuando vió la brusca maniobra que realizó el vehículo, se dio cuenta que debería escapar. Inmediatamente cambió a una marcha inferior para ganar aceleración y pisó a fondo el acelerador, el rugido del motor se hizo más bronco y notó como se pegaba más al asiento. El vehículo perseguidor a su vez aceleró pero era mucho más pesado, aunque no más lento y pareció quedarse atrás por momentos. La persecución duró varios kilómetros de buena carretera, pero en cuanto pudo se volvió a incorporar a las estrechas carreteras, con pequeñas curvas y en subida, que eran su terreno favorito. El vehículo de la autoridad, le seguía de cerca, probablemente su conductor fuese en modo manual y seguro que era un experto, ya que aquellos vehiculos extraños eran muy difíciles de controlar con sus pequeñas ruedas y su gran peso y dimensiones. Fue entonces cuando ocurrió, la humedad de la carretera le hizo casi perder el control del coche en una de las curvas pero gracias a la maniobrabilidad y al poco peso, logró hacerse con el control y seguir adelante, pero su perseguidor lastrado por su gran peso y su poca maniobrabilidad no lo consiguió y después de chocar contra un árbol, y volcar se deslizó ladera abajo con gran estruendo. No se paró a comprobar nada, si no que siguió huyendo como alma que lleva el diablo hasta que llegó de nuevo a la seguridad de su casa. Guardó de nuevo el Porsche en el garaje, lo cubrió con su lona protectora y subió a casa para tomar el desayuno junto a su mujer y sus hijos. Sin mencionar ni una palabra del incidente, ya solo pensaba en la próxima vez que pudiera volver a conducir su coche.
Debían haber sido divertidos aquellos tiempos en los que se podían conducir esos coches movidos por gasolina por carreteras sin automatizar y sin la persecución de las autoridades.
Siempre había sido el coche favorito de su padre, que había sido quien lo había comprado poco después de la prohibición, lo había descubierto en uno de sus viajes de trabajo. Había pertenecido a un empresario que lo había dejado apartado y cubierto de polvo en una de sus naves. Pagó un mínimo precio por él, casi regalado, aquello era simplemente un montón de chatarra. Cuando la prohibición entró en vigor solo se pudieron conservar aquellos vehículos más modernos que pudieron ser “reequipados” y el resto fueron condenados al achatarramiento obligatorio, solo alguna unidad destinada a museos fue conservada, el resto fueron convertidos en acero, plastico y otros elementos que se reciclaron para darles un nuevo uso.
Hacía ya 20 años de aquel día cuando su padre llegó a casa con la sonrisa pintada en la cara y con una unidad de transporte de 30 m3, lo trajo a escondidas ya que aquel tipo de maquinas había sido prohibida y su tenencia, venta o compra estaba penada por la ley, con multas y confiscación por parte del estado. Lo descargó directamente al garaje, ante la desaprobación de su madre y su atónita mirada. Los días siguientes fue un ir y venir de íntimos amigos, tan locos como su padre, que no daban crédito a lo que veían.
El coche era un Porsche 911 2.4 de 1972, era el modelo de 130 CV con carburador Zenith. Había sido una suerte que hubiera encontrado precisamente ese motor ya que era imposible conseguir gasolina y era más fácil adaptar un carburador para funcionar con sustancias sucedaneas que un sistema de inyección electrónica que podría provocar más complicaciones. Su padre le dedicó todo su tiempo libre durante meses, ayudado por amigos y buscando alguna pieza en el mercado negro, o construyéndola artesanalmente. Una vez puesto a punto mecánicamente, fue pintado en su totalidad de un color gris azulado, que su padre decía que era como el utilizado por Steve Mcqueen en la película “Le Mans” (que recordaba haber visto cuando era muy pequeño).
Recordaba como si hubiese sido ayer el día que el coche estuvo terminado y fueron a probarlo. Hubieron de salir de noche y apenas hicieron 5 km pero aquella sensación no se le olvidaría en la vida. Hasta aquel día no había recordado la sensación de circular en uno de aquellos coches movidos por motor de explosión, ya que era todavía bastante pequeño cuando la prohibición entró en vigor. También recordó como su padre le enseño a conducirlo en el aparcamiento de la casa los domingos casi de madrugada o al atardecer.
Ahora eran otros tiempos, el transporte por carretera se realizaba en módulos de transporte personal, o unidades de transporte, dependiendo si eran para transportar personas o mercancías. Un sistema de guiado parecido al Sistema De Posicionamiento Global utilizado a principios de siglo y cuya invención databa de finales del siglo XX se encargaba del desplazamiento de los módulos por las nuevas carreteras, aunque ahora ya no se basaba en satélites, si no que un sistema de seguimiento electrónico que había sido insertado en las carreteras y hacía que una vez establecido el destino, todos los módulos se desplazaran a la misma velocidad y con una seguridad impensable en la época en la que había sido construido su Porsche. Los accidentes eran cosa del pasado y simplemente ocurrían de vez en cuando y siempre motivados por fallos mecánicos o electrónicos ya que nada más había sido dejado al control humano. En aquellas carreteras antiguas en las que no estaba insertado este seguimiento electrónico una pintura especial hacía que los módulos fueran guiados de igual manera.
La noche anterior había estado trabajando en el coche, lo había limpiado, engrasado y comprobado todo su funcionamiento, había llenado el depósito con el líquido que hacía las veces de gasolina (una mezcla de bioetanol y eter). Cuando bajó a la mañana siguiente destapó la lona que lo cubría, se sentó y accionó la llave de contacto. Con un leve ronquido se puso en marcha y apreció el sonido de los 6 cilindros Boxer que emitían aquel característico golpeteo que pese que a el siempre le había parecido extraño su padre decía que sonaba como la voz de los dioses.
Por suerte para él, vivía en una zona apartada del mundo y no era habitual encontrarse con nadie en aquellas carreteras que lo rodeaban, no obstante procuraba salir al amanecer o al atardecer, con suficiente luz para no tener que encender el alumbrado para ver, y lo suficientemente oscuro para no ser visto con las luces apagadas. Solía hacer recorridos de no más de 30-40 km, por un circuito con pequeñas variaciones que le llevaban unos 20-30 minutos. Unos minutos que le hacían transportarse varias decadas en el pasado y sentirse vivo por momentos.
Aquella mañana presagiaba un día espléndido, el sol todavía no había salido pero se adivinaba su claridad entre las montañas. Salió en dirección norte, lo que significaba que circularía por una serie de curvas en subida durante unos 10 km, para después descender hacia su casa por una carretera mucho mejor con amplias curvas y trazado rápido ideal para dar rienda suelta a la caballería que propulsaba su eje trasero. Su padre había hecho un maravilloso trabajo de restauración, ya que pese a que aquel motor rendía unos escasos 130 CV para un peso de apenas 1000 kg, una ligera subida en la relación de compresión e instalación de conductos de admisión más grandes había subido a casi 180 CV, lo que para la ligereza del chasis le hacía tener unas prestaciones envidiables y que no eran alcanzadas por aquellos pesados módulos de transporte personal que ahora poblaban las carreteras. Una vez que los indicadores de temperatura llegaron a su nivel idoneo comenzó a apurar las revoluciones del motor y a enlazar las curvas en una especie de trance, como si hubiera retrocedido en el tiempo. Fue entonces cuando por el rabillo del ojo, lo vió. Era un extraño vehículo negro, pero que todo el mundo sabía a quien pertenecía, su color negro brillante como de charol y su extraña forma con la cabina redonda y los laterales bajando en diagonal hasta juntarse en su cubierta plana y picuda, decían los viejos del lugar que recordaba a unos extraños sombreros que llevaban las fuerzas de la autoridad en el siglo XX. Era un vehículo de vigilancia de la Guardia Nacional Civil de Esquadra, que se dedicaba a patrullar por las carreteras sobre todo buscando modulos de transporte modificados o vehiculos ilegales.
En un primer momento pensó que no le habían visto, pero cuando vió la brusca maniobra que realizó el vehículo, se dio cuenta que debería escapar. Inmediatamente cambió a una marcha inferior para ganar aceleración y pisó a fondo el acelerador, el rugido del motor se hizo más bronco y notó como se pegaba más al asiento. El vehículo perseguidor a su vez aceleró pero era mucho más pesado, aunque no más lento y pareció quedarse atrás por momentos. La persecución duró varios kilómetros de buena carretera, pero en cuanto pudo se volvió a incorporar a las estrechas carreteras, con pequeñas curvas y en subida, que eran su terreno favorito. El vehículo de la autoridad, le seguía de cerca, probablemente su conductor fuese en modo manual y seguro que era un experto, ya que aquellos vehiculos extraños eran muy difíciles de controlar con sus pequeñas ruedas y su gran peso y dimensiones. Fue entonces cuando ocurrió, la humedad de la carretera le hizo casi perder el control del coche en una de las curvas pero gracias a la maniobrabilidad y al poco peso, logró hacerse con el control y seguir adelante, pero su perseguidor lastrado por su gran peso y su poca maniobrabilidad no lo consiguió y después de chocar contra un árbol, y volcar se deslizó ladera abajo con gran estruendo. No se paró a comprobar nada, si no que siguió huyendo como alma que lleva el diablo hasta que llegó de nuevo a la seguridad de su casa. Guardó de nuevo el Porsche en el garaje, lo cubrió con su lona protectora y subió a casa para tomar el desayuno junto a su mujer y sus hijos. Sin mencionar ni una palabra del incidente, ya solo pensaba en la próxima vez que pudiera volver a conducir su coche.
Debían haber sido divertidos aquellos tiempos en los que se podían conducir esos coches movidos por gasolina por carreteras sin automatizar y sin la persecución de las autoridades.
martes, 12 de mayo de 2009
SOLO ENTRE LA MULTITUD
Llegó tarde a casa, abrió la puerta y entró en un mar de silencio como no podía ser de otra forma.
Se encontraba cansado, otra agotadora jornada de trabajo, solo deseaba relajarse y desconectar. Colocó sus llaves encima de la bandeja que había en una pequeña mesa en la entrada, y a su lado la cartera, sus gafas y el encendedor Zippo que siempre llevaba encima. Era una calurosa tarde de finales de junio y estaba empapado en sudor, por lo que pensó que lo primero que necesitaba era una ducha, o quizá mejor un baño.
Abríó el grifo del baño y mientras la bañera se llenaba, se encaminó hacia el salón. Allí buscó uno de sus viejos discos de vinilo, que eligió casi al azar, le gustaba escucharlos de vez en cuando, sobre todo en esos momentos –cada vez menos- en los que podía desconectarse del mundo. Para el los discos de vinilo no eran, como para muchos puristas, el summun del sonido de la música; la verdad es que nunca le había importado eso y simplemente conservaba los vinilos no porque sonaran mejor, si no porque le evocaban recuerdos, igual que conservaba todas sus antiguas cintas de casette, tiempos mejores que estana muy lejos.
Se metió en el agua y se recostó en la bañera dejando fuera del agua solo su cabeza. El contacto con el agua tibia le adormiló un poco y cerró sus ojos.
No sabría decir a ciencia cierta cuanto tiempo había estado en la bañera, solo salió de su sopor cuando sintió una punzada de hambre en el estómago. Salió de la bañera y apenas sin secarse, pues la noche era calurosa, se puso unos pantalones cortos y una camiseta y se fue en busca de algo de comer.
Cambió el disco por otro, pues ya hacía tiempo que había saltado la aguja, mientras el microondas calentaba las sobras que había rebuscado en una nevera que estaba ya en estado de inanición y a la que quizá fuera hora de llenar otra vez. Se acercó al comedor con sus sobras y una cerveza, no solía beber otra cosa que agua con las comidas, pero con el calor pensó que una cervecita bien fria no sería mala cosa.
Una vez terminó de cenar, encendió su ordenador portatil para entretenerse ya que despues de su cuasi siesta en la bañera estaba un poco desvelado. Mientras arrancaba el ordenador, se sirvió un Whisky con hielo, y se sentó delante de la pantalla.
Ningún mensaje nuevo, solo algún mail con spam o con correos chorra que le habian mandado cualquiera de los multiples contactos que tenía. En las redes sociales tampoco había nada. Fue en esos momentos cuando se dio cuenta de lo solo que estaba.
Nunca había tenido problemas para relacionarse , era una persona de trato fácil y no le costaba entablar conversación con la gente, por su trabajo además eran muchas las personas que conocía pero en ese momento comprendió que pese a todo, no le quedaba ningún amigo. Echaba de menos el tener a alguien que le prestara apoyo cuando sus problemas retumbaban en su cabeza y le mordían el estómago en forma de úlcera.
Recordaba aquellos malos tiempos cuando todo se desmoronó a su alrededor que no tuvo siquiera un hombro donde llorar, y a quien contar lo mal que se sentía. Las personas que más próximas estaban en aquel momento eran parte interesada de sus preocupaciones y no podía contarles nada y hay determinadas cosas que no puedes contar a extraños. Todo aquello había contribuido a que acabara de la forma en la que se sentía. Dio un nuevo trago al Whisky, y se levantó en busca de un cigarro. Habitualmente no solía fumar en casa, pero en ese momento un cigarrillo era como una tabla de naúfrago que lo sostendría a flote unos minutos más. No hubiera estado mal disponer de un poco de Marihuana, aunque nunca había sido aficionado a ella en algunas ocasiones le apetecía fumarse un porrito que le hacía sentir un poco mareado, cosa que también conseguía con el alcohol pero que al día siguiente no le provocaba resaca.
Echó un nuevo vistazo a la lista de amigos de sus redes sociales, todo eran gente con la que podía charlar de cosas sin importancia, les podía llamar para salir a tomar una copa o un café, pero no para aburrirles con sus problemas de persona inestable, ni con esas penas que le producían un peso en el pecho y que le hacían sentir una especie de ahogo.
Cuando se despertó, el último disco que había puesto volvía a saltar soble el plato del giradiscos con su “shshsh” característico. Estaba acurrucado en el sofá, no sabía ni la hora que era, pero a juzgar por la oscuridad exterior y el silencio que había en la calle debía ser bastante tarde.
Se desperezó, recogió un poco el pequeño desorden que era el comedor y se fue para su dormitorio. Mañana sería otro día, había que madrugar para ir al trabajo. Un día más se vestiría, se pondría su “mascara” de sonrisa, se aguantaría las ganas de llorar y se metería en el atasco diario. El atasco en que se había convertido su vida.
Se encontraba cansado, otra agotadora jornada de trabajo, solo deseaba relajarse y desconectar. Colocó sus llaves encima de la bandeja que había en una pequeña mesa en la entrada, y a su lado la cartera, sus gafas y el encendedor Zippo que siempre llevaba encima. Era una calurosa tarde de finales de junio y estaba empapado en sudor, por lo que pensó que lo primero que necesitaba era una ducha, o quizá mejor un baño.
Abríó el grifo del baño y mientras la bañera se llenaba, se encaminó hacia el salón. Allí buscó uno de sus viejos discos de vinilo, que eligió casi al azar, le gustaba escucharlos de vez en cuando, sobre todo en esos momentos –cada vez menos- en los que podía desconectarse del mundo. Para el los discos de vinilo no eran, como para muchos puristas, el summun del sonido de la música; la verdad es que nunca le había importado eso y simplemente conservaba los vinilos no porque sonaran mejor, si no porque le evocaban recuerdos, igual que conservaba todas sus antiguas cintas de casette, tiempos mejores que estana muy lejos.
Se metió en el agua y se recostó en la bañera dejando fuera del agua solo su cabeza. El contacto con el agua tibia le adormiló un poco y cerró sus ojos.
No sabría decir a ciencia cierta cuanto tiempo había estado en la bañera, solo salió de su sopor cuando sintió una punzada de hambre en el estómago. Salió de la bañera y apenas sin secarse, pues la noche era calurosa, se puso unos pantalones cortos y una camiseta y se fue en busca de algo de comer.
Cambió el disco por otro, pues ya hacía tiempo que había saltado la aguja, mientras el microondas calentaba las sobras que había rebuscado en una nevera que estaba ya en estado de inanición y a la que quizá fuera hora de llenar otra vez. Se acercó al comedor con sus sobras y una cerveza, no solía beber otra cosa que agua con las comidas, pero con el calor pensó que una cervecita bien fria no sería mala cosa.
Una vez terminó de cenar, encendió su ordenador portatil para entretenerse ya que despues de su cuasi siesta en la bañera estaba un poco desvelado. Mientras arrancaba el ordenador, se sirvió un Whisky con hielo, y se sentó delante de la pantalla.
Ningún mensaje nuevo, solo algún mail con spam o con correos chorra que le habian mandado cualquiera de los multiples contactos que tenía. En las redes sociales tampoco había nada. Fue en esos momentos cuando se dio cuenta de lo solo que estaba.
Nunca había tenido problemas para relacionarse , era una persona de trato fácil y no le costaba entablar conversación con la gente, por su trabajo además eran muchas las personas que conocía pero en ese momento comprendió que pese a todo, no le quedaba ningún amigo. Echaba de menos el tener a alguien que le prestara apoyo cuando sus problemas retumbaban en su cabeza y le mordían el estómago en forma de úlcera.
Recordaba aquellos malos tiempos cuando todo se desmoronó a su alrededor que no tuvo siquiera un hombro donde llorar, y a quien contar lo mal que se sentía. Las personas que más próximas estaban en aquel momento eran parte interesada de sus preocupaciones y no podía contarles nada y hay determinadas cosas que no puedes contar a extraños. Todo aquello había contribuido a que acabara de la forma en la que se sentía. Dio un nuevo trago al Whisky, y se levantó en busca de un cigarro. Habitualmente no solía fumar en casa, pero en ese momento un cigarrillo era como una tabla de naúfrago que lo sostendría a flote unos minutos más. No hubiera estado mal disponer de un poco de Marihuana, aunque nunca había sido aficionado a ella en algunas ocasiones le apetecía fumarse un porrito que le hacía sentir un poco mareado, cosa que también conseguía con el alcohol pero que al día siguiente no le provocaba resaca.
Echó un nuevo vistazo a la lista de amigos de sus redes sociales, todo eran gente con la que podía charlar de cosas sin importancia, les podía llamar para salir a tomar una copa o un café, pero no para aburrirles con sus problemas de persona inestable, ni con esas penas que le producían un peso en el pecho y que le hacían sentir una especie de ahogo.
Cuando se despertó, el último disco que había puesto volvía a saltar soble el plato del giradiscos con su “shshsh” característico. Estaba acurrucado en el sofá, no sabía ni la hora que era, pero a juzgar por la oscuridad exterior y el silencio que había en la calle debía ser bastante tarde.
Se desperezó, recogió un poco el pequeño desorden que era el comedor y se fue para su dormitorio. Mañana sería otro día, había que madrugar para ir al trabajo. Un día más se vestiría, se pondría su “mascara” de sonrisa, se aguantaría las ganas de llorar y se metería en el atasco diario. El atasco en que se había convertido su vida.
miércoles, 6 de mayo de 2009
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